Barullo infernal
Cardumen de impresiones raras y luminosas en la Feria del Libro
¿Encontraste algo? Le pregunto a una amiga que ya fue a la Feria del Libro. Responde: ¡Sí! Barullo infernal, número de stand cuatrocientos y pico, son varias editoriales juntas. Andá.
Llego un feriado y es como caminar por Ramblas en julio o agosto. La gente se comporta igual que la masa turística: un bloque en movimiento lento; hace fila, para, sigue, anda como atontado.
Después de una vuelta general a los codazos y algunas compras con descuento, busco el dato: está en un sector de pequeñas editoriales independientes; el stand empapelado con un póster que dice Barullo infernal en letras rojas legibles e invertidas, para leer frente al espejo.
Se acerca una chica –chica con canas, de mi generación– a contarme de qué va. “Somos seis editoriales: Buchwald, Leí Bailemos, Charco, industria mínima, Kalos y Volcán de Agua, hacemos ediciones artesanales, limitadas, en muchos casos, numeradas.
Saca de un estante Pabellón de las rosas, un libro textil basado en fotos del Registro Municipal de Prostitutas de Coronel Dorrego tomadas entre 1921 y 1937. Las autoras usaron los documentos, los nombres y fotos de esas mujeres. ¿Cuál fue su historia? No la conocen, pero la imaginan e hilvanan desde lo incierto y lo que falta se convierte en una flor blanca sobre fondo negro.
La chica con canas se llama Julieta Benedetto y, su editorial, Leí Baliemos. En esta feria presenta Macunaíma. El héroe sin ningún carácter, “una rapsodia” del escritor brasileño Mario de Andrade que se publicó por primera vez en 1926. Ella seleccionó siete leyendas, las tradujo y adaptó para grandes y chicos.
Encuentro unas páginas de Georg Simmel sobre la filosofía del paisaje escrita en 1932 y publicada por Buchwald. Eso hacen las editoriales de Barullo infernal: rescates de textos perdidos para republicarlos con mirada de autor.
Las grandes editoriales son belugas y morenas y, a veces, jaurías de tiburones, y este stand resiste como un cardumen de peces raros de, colores brillantes, parecidos a los que vi una vez en Koh Pipi.
Seguimos dando la vuelta al stand mínimo y ya llevamos casi una hora. Mirá este, dice, son solo 50 ejemplares en restos de papel Arjomari de 80 gramos, numerados a mano en lápiz negro.
Hojas antiguas, celeste oscuro, de una suavidad extrema. Tipografías Ronaldson 12 y Aster 10. No está cosido, apenas dobladas. Es una traducción de María Negroni del poema Cuestiones de viaje, de Elizabeth Bishop, y una nota de la traductora. Tiene 14 páginas y está editado por Kalos. Mi mamá diría: Eso no es un libro.
Y no, no es un libro. Quizás, un marco impreso para un poema hermoso: Piensa en el largo viaje a casa. /Deberíamos haber permanecido allí y pensado en este sitio?/ ¿En dónde deberíamos estar?
Este verso, perdón, ¿lo escribió para mí?: ¿Qué infantilismo es este que mientras/ un soplo de vida hay/ en nuestros cuerpos, insistimos en correr para ver el sol del otro lado?
Julieta Benedetto cuenta que está en proceso de traducción de otras obras de Mario de Andrade, entre ellas El turista aprendiz: notas, crónicas, un diario de viaje y ensayos de cuando viajó por los ríos Madeira y Amazonas y hasta Belem do Pará, en 1927. Hace poco lo reeditó Tinta da China.
Quiero salir corriendo a Brasil a buscar ese libro y lanzarme a leerlo en portugués. O aprendiz de turista: Nuevamente, un rescate, y esto ya parece un centro de ayuda con tanto salvamento en curso.
Opción dos: pedírselo a mi querida amiga M., que casualmente está en Río. Si me animo a mandarle un mensaje y ella puede traerlo, lo vería, tocaría, empezaría a leer en unos días. Prometo contar sobre ese viaje selvático en el que Andrade escribió cosas como esta: “En Belem, el calor intenso dilata los esqueletos y mi cuerpo se volvió exactamente del tamaño de mi alma”.
Los viajes de Andrade y quizás también los míos propios me llevan otra vez al poema de Bishop, que va y viene entre viajar y quedarse en casa: Pero, sin duda, hubiera sido un error/no haber visto a los árboles/flanqueando esta calle,/exageradamente bellos,/no haberlos visto hacer gestos/como arlequines nobles, vestidos de rosa/ No haberse detenido en una gasolinera/ y escuchado/ una melodía triste de madera y en dos notas/ dos zuecos disparatados/zapateando distraídos sobre/ un piso de estación sucio de grasa.
Oh, ¿debemos soñar nuestros sueños/ y poseerlos también?
Cuánto barullo en unas estrofas, gracias por el desorden.
*Las pinturas son de Benedict Chukwukadibia Enwonwu (1917-1974), icono del modernismo nigeriano. Por estos días se expone una retrospectiva de su obra en la Tate Modern.








Excelente! Me voy quedando sin adjetivos con estas crónicas. Qué deleite!
Formidable Carolina! Me llevaste de paseo!