Como bestias
Rumores, verdades y una autora extraordinaria: Violaine Bérot.
Giro a la izquierda y a la derecha de la nuca de adelante para seguir el discurso de Violaine Bérot, la autora francesa de Como bestias. Es el último día de la Fed, la tarde de un domingo soleado.
No llego a verla bien, pero la escucho perfectamente. Tiene la voz grave y clara. No titubea ni busca la palabra justa porque ya la encontró antes de pronunciarla. Sabe lo que va a decir.
La entrevistadora pregunta cómo describiría al personaje del libro y ella responde que no lo puede describir:
–Yo no veo a mis personajes, los escucho. Les doy voz y el lector se los imagina. Je travaille à l’oreille (Yo trabajo de oído).
En Como bestias hay un adolescente, el Oso, que vive con su madre atrás de una cima, en los Pirineos, entre rocas, abetos y peñascos. El Oso no sabe hablar, pero puede curar animales. Tiene un don, dicen. Hay un coro de hadas chiquitas que hablan en poesía “porque esa es su forma de hablar” y viven en una cueva donde –también dicen– se esconden los niños no deseados. Las hadas los cuidan.
A nosotras
las hadas
a veces
nos llegan
del mundo de ahí abajo
algunas voces.
La ruralidad extrema es el escenario de un relato polifónico que se arma a partir de la voz de los pobladores que opinan, chismosean, inventan y declaran sobre un hecho que involucra al Oso y a la policía.
El Oso necesita espacio a su alrededor, por eso está cómodo en las montañas. “Es complicado ser diferente si uno no tiene espacio”, dice Bérot.
La policía necesita un culpable.
–Cuando tengo frente a mí un tema que no entiendo escribo un libro. El punto de partida siempre es una pregunta, en el caso de Como bestias: ¿Por qué se encierra a los niños en hospitales psiquiátricos?
Además de ser escritora y filósofa, Violaine Bérot fue pastora: durante años se dedicó a criar animales –vacas, cabras, gallinas– en los Pirineos, donde vive, en una casa tomada sin luz ni agua corriente, cerca de un pueblo de setenta habitantes, un lugar en el todos pueden decir algo de su vecino.
–Durante un tiempo recibí en mi granja a niños de seis a diez años con problemas psiquiátricos. Los dejaba circular entre los animales, los observaba y, a veces, sucedía algo extraordinario.
Violaine Bérot acerca un punto de vista sobre la relación entre el ser humano y los animales, un vínculo que en la ciudad queda lejos o se perdió.
–Yo conocía bien a mis animales y cuando estaban con esos niños no podía reconocerlos. Me emocionaba la ternura, el afecto, el cuidado. No pensé en un niño en particular para escribir, sino en aquellos niños que venían a pasar el día.
Me interesa la norma. Estamos en una sociedad que quiere normar todo. ¿Qué es normal? Se encierra o se esconde a los presos, a los viejos, a las personas con problemas psiquiátricos, a los que no son rentables para la sociedad de acuerdo a nuestras normas. El adolescente de la novela puede tener un comportamiento extraño, pero con los caballos es perfecto. Podría ser domador de caballos.
“No, nunca sospechamos que hubiese una gruta justo ahí. Ni siquiera cuando nos cayó encima llegamos a imaginar que venía de una gruta abierta en la pared de la roca. No teníamos ni idea de su existencia. No está señalada en ningún mapa. Ha sido luego cuando hemos oído hablar de ella a los cazadores”.
–Conozco las leyendas de mi valle de los Pirineos y dicen que en las cavernas hay hadas y niños escondidos. Una mujer muy vieja me contó que nunca las vieron entrar a las cuevas, pero que en días de mucho sol las hadas sacan a secar la ropita de los niños. Yo le pregunté si realmente era así y ella solo dijo: “Observa”.
Las fotos son del fotógrafo y pintor francés Jacques Henri Lartigue (1884-1986).







Encantadora lectura! Encima, descubriendo a Bérot! Sublime!