El árbol solo
Las afinidades naturales y la memoria
El tema del mes en la librería de barrio es la naturaleza. El origen de todos los temas: la madre. Un diccionario botánico, un libro sobre el lenguaje de las flores y otro sobre plantas medicinales y la filosofía de las aves y la respiración de los árboles y los árboles en el arte y los árboles mitológicos y el árbol de la vida. Muchas hojas de papel para hablar de las que tienen haz y envés.
Me imagino un libro sobre naturaleza y memoria. El movimiento y los viajes llenan la cabeza de paisajes que, con el paso del tiempo, se pierden entre células o se arraigan con la fuerza de un embrión, y crecen y mutan y a veces parece que mueren pero reviven y se expanden como una Monstera deliciosa.
El árbol solo estaba a una distancia prudente del monte. Cerca pero no tanto. Protector de su privacidad, como si fuera ermitaño o autista. A nosotros, los que veraneábamos en ese lugar nos gustaba el árbol solo más que el el monte. Éramos chicos y queríamos explorar. Cuando los padres dormían la siesta cargábamos un viejo tordillo con mantas, botellas de agua, fósforos, recipientes de cocina, tenedores, cucharitas, huevos. Y nos íbamos. Partíamos hacia el árbol solo con el ansia de Ulises a Ítaca. Al tordillo lo llevábamos de las riendas porque tenía tantas pilchas encima que no daba para montarlo. Al paso y con la mirada clavada en ese eucalipto –nosotros le decíamos eucaliptus– alto y rojizo que de tanto en tanto soltaba cortezas que servían para iniciar un fuego.
Los paisajes de la memoria cortan lazos con lo real, existen en una galaxia interior, se prenden y se apagan, son inestables, cambian detalles y conservan cierta estructura esencial: las hojas del eucalipto eran largas como los dedos de un pianista. Delicadas, igual. A veces las quebrábamos para sentir el perfume.
Guardo un archivo de memorias naturales superpuestas y desordenadas como la selva. En esa galaxias interior no hay estantes ni bibliotecarios, quizás estas palabras sean un intento de clasificar.
Para llegar al árbol solo había que caminar unos tres kilómetros entre pastizales y lagunas en las que veíamos teros, chimangos y chajás. Si no íbamos, lo mirábamos en la distancia y soñábamos con ir.
Recuerdo hacer la travesía en días de muchísimo calor y el tordillo quejándose y nosotros obstinados con la misión, agrandados porque estábamos sin padres y éramos libres.
Una vez ahí atábamos el tordillo a un alambre y levantábamos una toldería con palos y colchas viejas. Teníamos el espíritu de los querandíes, pero éramos chicos de ciudad. La mayoría de las veces el viento derribaba la toldería, pero alguna que otra quedaba regia, para que viniera el cacique y nos felicitara.
Nos sentábamos alrededor del tronco grueso del eucalipto y mirábamos la llanura pampeana chata, plana, vasta. Después partíamos los huevos y separábamos las claras de las yemas, que iban en un recipiente aparte. Agregábamos azúcar con la mayor inocencia, azúcar agregada, y a batir y batir con energía hasta que quedara una crema espesa. Al final, una cucharada amarilla y dulce llenaba el paladar y la siesta se hacía fiesta.
Aparentemente en esas tardes no pasaba demasiado. Pero, en silencio, la pampa inmensa fijaba el paisaje, sentaba las bases para la imagen que veo hoy: un eucalipto enorme y fuerte, bien plantado y contenedor, transformado por el tejido del recuerdo y la perspectiva de la distancia. Aunque se despegó de lo real, juro que lo reconocería si lo vuelvo a ver. Larga vida al árbol solo.
*Las obras son de Abel Rodríguez (1941-2025), artista de la cuenca amazónica. En el Malba, hasta el 23 de agosto.
*Feliz día, Pachamama. Gracias (y perdón). 💚







Gracias (y perdón) …. Esas palabras finales me resignificaron todo… porque es así que siento cada vez que miro mis árboles… aunque es extensivo a todo lo vivo que no sea persona humana… aunque si lo pensamos también a nosotros nos tenemos que pedir perdón (tanta desigualdad e injusticia…) … y a la montaña.. y al mar… y al desierto… Mucha tristeza me embarga cuando veo lo que le hacemos a nuestra casa y nuestros contemporáneos todos… Ayer se cayó un eucalipto muy viejo en mi barrio y la tristeza cae sobre todos los que alguna vez pasamos a buscar sus hojas para hacer aroma rico en casa… en fin. Gracias por las obras que me encantan… me acuerdo que me emocioné la primera vez que las vi y conocí la historia de su creador. Abrazo!
¿Estaba el Cacharí? ¡Qué hermoso texto! Aunque en el campo no lo quieren porque se cae, el «Eucalipto» (yo también le digo eucaliptus) es mi árbol favorito. En general soy mala inventando historias, pero a los chicos cuando eran chicos les contaba un cuento de «Tinta, Furia y Negra», tres caballos que vivían en un monte de eucaliptus.