Escrituras en el borde
El material narrativo y la fragilidad.
Voy al diálogo de escritores porque me atrae el juego de palabras y expresiones del título: Experiencias al límite y el límite de la experiencia. (También voy porque tengo que hacer tiempo).
Llego unos minutos tarde, abro la puerta de la sala Alfonsina Storni, en la Feria del Libro. Poca gente, a pesar de que los expositores son conocidos: Héctor Abad Faciolince (Colombia), Jeremías Gamboa (Perú), Federico Jeanmaire (Argentina) y Lalo Barrubia (Uruguay).
No voy porque haya leído los libros que presentan. Voy, quizás, porque en una caminata, escuché una entrevista a Federico Jeanmaire y me gustó el tono, cierta lentitud, algunas anécdotas tiernas en el marco de una enfermedad irreversible.
Justamente habla él en este momento. Sostiene el micrófono lejos de la boca, como si alguien le hubiera pedido hablar en voz baja. Dice que su madre murió esta semana, y que igual quiso venir. No le avisan que se escucha poco y nada: paramos la oreja.
La moderadora elogia Bali, el libro que Jeanmaire escribió a partir de la enfermedad de su madre, que es la misma de mi padre: Alzheimer. Seguramente también vengo por ese pesar compartido. Según el escritor todos los que estamos en la sala la padeceremos antes o después porque vivimos más y es la enfermedad de la época. Quiero salir corriendo.
¿Cómo escribir a partir de una experiencia límite como material narrativo? ¿Desde qué lugar? ¿Con qué palabras? ¿En qué momento la ficción se devora la experiencia? ¿Qué estructura sostiene la fragilidad?
En Bali, Federico Jeanmaire escribe desde una primera persona femenina, una mujer de setenta años que cuida a su madre y vive con ella en una burbuja de enfermedad que parece flotar entre el tedio y la tristeza, y fantasías disparatadas y hermosas que la hija saca de la galera y la madre le sigue el tren para seguir viviendo o para sobrevivir.
Jeremías Gamboa presenta El principio del mundo, un libro de más de 900 páginas sobre su madre, la educación, el asunto colonial y, si seguimos, la historia de Perú. Antes de exponer, lo mira a Héctor Abad Faciolince, que está al lado, y le dice que lo de él sí que fue una experiencia al límite. No sé qué le pasó y no lo voy a googlear mientras hablan. Me aguanto la intriga, paciencia.
Gamboa explora, también, el límite del lenguaje. Su madre llegó analfabeta de Ayacucho a Lima, donde logró estudiar. Cuando nacieron sus hijos, el quechua quedaba reservado a la intimidad del matrimonio. Para la madre esa lengua no era progreso. Entonces, cenaban y conversaban en castellano, y luego él escuchaba que, en la habitación, sus padres hablaban algo distinto. En la casa sonaba jazz y no huaynos (música popular andina). Como si quisieran borrar su cholitud. El protagonista de la novela es cholo, un cholo herido. ¿Lo cholearon? ¿Choleó? El racismo atraviesa la novela.
Faciolince toma el micrófono para contar, en un párrafo largo, una historia al límite. Lo invitaron a Ucrania, a un festival literario. Allá, la joven escritora Victoria Amelina, de la edad de su hija, dijo él, llevó a un grupo de escritores a conocer sitios alcanzados por la guerra. En un momento fueron a una pizzería, en Kramatorsk. Se sentaron y Faciolince cambió el asiento que le había tocado con la joven escritora y guía. Unos minutos después, un misil ruso impactó en el lugar donde estaba sentada Victoria Amelina –y antes él– y la mató.
El resultado es Ahora y en la hora, un libro que entrelaza realidad y ficción para hablar de la culpa del sobreviviente, la violencia de la guerra, y de sobrevivir. ¿Es posible reinventarse a partir de una experiencia límite?
La maestra jubilada que comparte la vida con su madre con Alzheimer en Bali descubre una faceta desconocida de sí misma cuando al morir la madre decide escribirle a su hermano, que vive en Barcelona, lejos en kilómetros y en el afecto. Le escribe correos electrónicos, uno detrás de otro. Sobre los últimos años al cuidado de la madre, sobre las visitas al cementerio, sobre su día a día. Las palabras salen de su casilla y, sin embargo, son para ella.
Escribe y hace el duelo. Escribe y ordena pensamientos. Escribe y recuerda cuando eran chicos y la mamá compró la enciclopedia Lo sé todo. Escribe, aunque el hermano no responda. Escribe y se ríe de las ocurrencias insólitas que compartía con la madre, como los viajes por medio mundo que hicieron en el comedor diario: Atenas, Bora Bora, Senegal, mercados, jirafas y tambores. Escribe para conciliar el adentro y el afuera. Escribe y llora porque la extraña. Escribe para no olvidar. Escribe y mira el limonero del patio. Escribe y sana.
*Las fotos son de Cristina de Middel, fotógrafa española, directora de Magnum Photos. Hasta hoy se expone Sueños y culpas, la primera en Argentina, en Arte x Arte. Gracias Mariana Eliano por presentármela.









Sensible y fuerte relato! Abrazo
Otro texto precioso!