Hilo conductor
El índice Uber y la ciudad
En ocho días en São Paulo tomé veinte Uber y dos taxis. Las charlas con los conductores podrían funcionar como eje de un relato coral de la ciudad que ellos ven pasar por la ventanilla, con las manos aferradas al volante, y paciencia.
Geraldo Antonio dos Santos me llevó hasta el Museo do Ipiranga. En el camino contó que cuando llegó a la ciudad, en 1977, en su pueblo del interior de Bahía no había luz eléctrica. Con el tiempo se acostumbró a Sampa, aunque reniega del tránsito porque muito carro e poca rua.
Cleyson compartió un notición: la noche anterior se había enterado de que será padre, lo dijo y subió el volumen del pagode: Deixe de lado esse baixo astral/Erga a cabeça, enfrente o mal/Que agindo assim será vital/Para o seu coração.
El consejo del cantante resonó en el interior del auto, mientras el centro pasaba con los viaductos, el modernismo, los parques y los moradores de rua, gente en situación de calle: más de cien mil. El conductor los vio y dijo que ellos no quieren ir a los refugios, que muchos son adictos o lo fueron y quedaron dañados.
Desbordar es un verbo que le sienta bien a una ciudad con habitantes que resisten en favelas gigantes con nombres como, vaya ironía, Paraisópolis.
–Qué ganas de comer una coixinha toda crocante.¡Nossa!– dijo Paulo, que me llevó un mediodía a la Praça da Luz. La coixinha de frango y catupirí, el bolinho de bacalhau y el resto de los salgados que vi exhibidos en los lanchonettes forman parte de la identidad brasileña. Ese país ama las croquetas.
Con Donizete hicimos la cuenta, con calculadora y todo, de cuánto ganaba por mes: 2.300 dólares. Trabaja 12 horas por día, auto y casa propios. Tuvo dos hijos, pero viven en el exterior: uno en Portugal y otro en Irlanda. ¿Ir a verlos? No, que vengan ellos.
Lo de Jefferson lo tomé con pinzas, material de fact checker. El tipo era tan grandote que el pelo rozaba el techo del auto. Dijo que trabaja en seguridad nocturna de un complejo de edificios de lujo, con departamentos de 600 metros cuadros y siete cocheras para cada propietario. ¿Siete? No puede ser, se habrá equivocado o será verso. Chequeado con IA: el complejo Bellini Ibirapuera existe y es, como dicen allá, de altísimo padrão. Los datos son correctos y también que en SP hay 20.000 millonarios.
A veces hablamos del clima o del tránsito y siempre, en algún momento, de Lula y Flavio Bolsonaro, los principales candidatos de las elecciones presidenciales del próximo 4 de octubre. “Lula es mi ladrón preferido. Robó y aún así es mejor que Flavio, lo voy a votar”, “No me gusta Lula, hay inseguridad”, cada uno con sus teorías y argumentos. Según mi encuesta casera gana Lula. Sería su cuarto mandato y el último; porque, aunque quisiera, no le daría la vida para otro.
Hay otro dato difícil de chequear. ¿Cómo se llamaba el chofer-fuente? Williams. Mientras me llevaba a la feria Benedicto Calixto, en Pinheiros, dijo que cada tanto, de madrugada, abren el shopping Iguatemí –de lujo– para que vayan a comprar los futbolistas, como Neymar o Vinicius. Tan bonito que sale de la boca y se hace mito.
En el lateral de un edificio céntrico vi un mural de un Jesús enorme con manto naranja, amarillo y aureola verde brillante. Jesús del Trópico. Me recordó a otro conductor Erivaldo Pereira, que hablaba poco y nada. Pero antes de bajarme me dio tantas bendiciones que me sentí protegida para el resto del viaje y de la vida: era evangélico, uno de los 47 millones de evangélicos de Brasil. Los números de São Paulo son exuberantes como la naturaleza, como la ciudad misma.
Hubo un conductor de los veinte que hizo una triquiñuela: no cerró el viaje y eso generó una pequeña deuda que me tocó pagar en el viaje siguiente. Luego me contaron que es una práctica común.
Me quedé pensando en eso de cerrar un viaje antes de empezar otro en un sentido más amplio, metafórico, y lo tomé como un aprendizaje. Pedagogía dinámica, exprés, gracias Uber, quizás lo dejo en comentarios.
*El artista mexicano Damián Ortega expone Materia y energía en el MASP hasta finales de agosto.








Me gusta viajar con vos! No pude compartir con amiga desde el mail y cómo te contó Andrea, me desuscribí del Substack porque me agobia recibir tantos Newsletters que no llego a leer. Cariños.
Excelente!