Mi escombro
No cualquier resto de demolición
Mi escombro es áspero como todo escombro, y grueso. De color gris cemento con restos de pintura naranja y amarilla.
Existe hace 37 años y es mío hace 30.
Si alguien lo viera en la vereda, pasaría de largo. Envalentonado por la época mundialista, podría hasta patearlo.
Si entrara un ladrón no lo robaría: mi escombro no llama la atención.
Cómo llegué a él o él a mí, en fin, cómo nos encontramos, la cosa y la persona. Para responder hacen falta dos viajes que explican 1) el origen del escombro; 2) el origen del encuentro con el escombro. El primero es un hecho histórico, el segundo pertenece al ámbito privado. Entrelazados, construyen esta memoria.
Como todo escombro, el mío fue parte de algo. Del derecho, la terminación es más fina. El revés es rugoso y con restos de material. Mide unos tres centímetros por cuatro. Dista mucho de ser un cascote y sin embargo no voy a usar diminutivo. No es un escombrito, es un escombro.
Viaje I. Canaima, 1994. Para los distraídos geográficos, Canaima queda en Venezuela, cerca del Salto del Ángel, el más alto del mundo. El paisaje de Canaima se parece al que imaginé al leer El mundo perdido de Arthur Conan Doyle. El verde ecuatorial trepado a las rocas filosas, un lago cristalino, varios saltos de agua y arena de cuarzo molido, muy blanca, perfecta para armar las carpas sobre una superficie blanda. En una, mi novio y yo; en la otra, dos alemanes. Hoy parece imposible: éramos los únicos turistas del parque. No nos conocíamos, pero mi novio se enfermó y ellos nos ofrecieron alguna medicina que lo curó. Nos bañamos en el lago que se formaba con el agua de los saltos, comimos guayabas que arrancamos de un árbol y caminamos por senderos selváticos en musculosa. Al despedirnos, le di al alemán un papelito con mi dirección. “Podemos cartearnos”, le dije. Sin demasiado interés tomó el papel y lo guardó. Se llamaba Uwe Michel y tenía 37 años, bastantes más que nosotros. Unos meses después nos escribió y empezamos a cartearnos y a contarnos cosas, trabajos, músicas y viajes.
El escombro permaneció durante años encerrado en una vitrina en la casa de mis padres porque nadie encontraba la llave de esa vitrina. Cada tanto me asomaba a verlo a través del vidrio: todo rasposo, entre platos de porcelana, un dedal de plata y un reloj francés. Le propuse a mi madre llamar al cerrajero. Dijo que no: “Ya va a aparecer la llave”.
Viaje II. Charlottenburg, 1996. Uwe Michel, el alemán, vivía en Charlottenburg, un barrio elegante de Berlín. Dos años después de encontrarnos en Venezuela lo fuimos a visitar. Nos llevó a un parque en la frontera con República Checa y nos enseñó a reconocer hongos comestibles del bosque. La última noche hicimos una tortilla de papas en su casa. Ya era tarde cuando contó que el día que cayó el muro, el 9 de noviembre de 1989, fue con una maza y lo golpeó con todas sus fuerzas. Había soñado tantas veces con destruirlo y estaba ocurriendo. Uwe reía y lloraba al mismo tiempo. Igual que él, miles de personas agarraron lo que tenían a mano y fueron a picar el muro. Los llamaron mauerspechte, algo así como pájaros carpinteros del muro. Trato de imaginar cómo sería la orquesta de golpeteos con martillos, picos, cinceles, hachas, llaves, destornilladores, ganchos. Cuando terminó de hablar, Uwe se levantó de la silla, caminó a su cuarto y volvió con el escombro que hoy es mi escombro: un trozo del Muro de Berlín.
Hace unos días apareció la llave de la vitrina y mi madre me lo dio envuelto en una servilleta. Ya está enmarcado y colgado en una pared de casa. Memoria pública y privada. Pedazo de historia y símbolo. Mi escombro, un tesoro.
*Gracias Camilo por el enmarcado prolijo y amoroso.



♥️♥️♥️♥️ como me gusta cuando contas estas historias, tan íntimas pero tan “narrables”. Me encantó… y me dejó pensando en varios escombros que tengo guardados… Gracias también por compartir el dato del taller de marcos…♥️♥️♥️
Súper!