Salvar el lore
En busca de la capa humana que preserva la identidad de los lugares.
Mis sobrinos están desarrollando un videojuego y hablan del lore. A través del lore se explica que existan dos mundos y que Radiance, uno de los personajes, sea una deidad protectora que conoce el portal que vincula los dos mundos.
Lore se pronuncia lor, viene del inglés antiguo y hace referencia a una suma de historias, costumbres, creencias y tradiciones, un body of knowledge, un saber transmitido de generación en generación. Una identidad.
Lo extrapolo al turismo para reflexionar sobre el lore de los lugares. ¿Qué pasa con el lore de un lugar al perder autenticidad? ¿La hiperturistificación lo puede diluir? ¿Rebajarlo como esas limonadas con hielo que al final pierden el sabor?
Una amiga romana me mandó un audio contándome que había ido al centro de la ciudad y que lo que comen los turistas en los restaurantes para turistas no es cucina italiana ni vera pasta, es propriamente una merda.
Otro amigo toscano dice que le preocupa que su provincia amada se esté transformando en un decorado para las películas románticas degli americani.
¿Qué queda de los lugares cuando el turismo arrasa, cuando mirás para todas las esquinas y se ven las mismas marcas, cadenas internacionales de ropa o comida? ¿Puede subsistir el lore con una arquitectura imponente? No, la arquitectura vacía no alcanza: el lore se nutre de las personas, los habitantes, sus historias y anécdotas, un transcurrir humano.
El turismo actual tiende a homogeneizar, y la experiencia se aplana. Por eso cuando viajo busco las voces de los otros que dan vida a la piedra o al bosque. Husmeo y rasco para encontrar el lore. La capa humana.
Hace unos días estuve en Santa Ana, un balneario chico a 30 kilómetros de Colonia, en Uruguay. No es un lugar que esté por perder el lore, más bien lo contrario, da la impresión de que cada día lo refuerza. Lo sentí bien plantado en su folklore de bosque nativo, río ancho, casas de barro y contenedores, y habitantes de las dos orillas.
Encontré seres humanos viviendo historias reales:
–Elba junta los plásticos que encuentra en la playa o al costado del camino.
–Mirta alquila bicicletas para la Pedaleada de luna llena.
–Andrea nada en la playa de Artilleros.
–Ruben toma mate al sol, bien temprano, debajo de una Santa Rita fucsia.
–En el supermercado Cris la fila para pagar da vuelta a la góndola (debe ser cierto que es el más barato).
–Flavia y el novio vinieron por primera vez y les gusta tanto que se lanzan a buscar un terreno para comprar.
–La casa de Luis Landriscina está a dos cuadras del río, parece cerrada.
–Héctor escucha el canto de cardenales, zorzales, benteveos, torcazas y cotorras que saltan de rama en rama.
–Dos hombres comentan, en la orilla, que esa masa gris que se ve en el horizonte es la ciudad de La Plata.
–Vanesa terminó de pintar un mural con los colores de las frutas tropicales.
–El padre de Cascor tiene una casa de dos pisos en primera línea. Platea de atardeceres que no ve porque está alquilada.
–Susana enviudó hace poco y se siente perdida. Le hace bien cuidar a sus perros: son diez, todos rescatados de la calle.
–Un nene pesca sábalos con una botella de Coca Cola vacía y una tanza.
–¿Alguien tiene algo para alquilar?, preguntan en el grupo de whatsapp del balneario.
–Los ocupas ficharon un terreno libre y armaron la carpa en un santiamén.
–Cuando la Rambla del Medio Ambiente llega al arroyo hay un eucalipto rojo. Una chica se paró a mirar los ramilletes de flores y dijo: ¡Imponente!
–Maxi tiene dos años y camina delante de su madre. Se mudaron desde Montevideo para que él tenga una infancia más buenaza.
–Sergio cocinó un lechón en el horno para agasajar a sus vecinas. Cuando terminen de almorzar cantarán milongas camperas, tangos y una ranchera chaupuceada que los hará reír.
El folklore del balneario me guía al origen del término, que en castellano escribimos con c, folclore, pero queda más bello con k. Lo creó el inglés William Jhon Thoms en 1846 al unir folk, pueblo, gente, raza y, justamente, lore, saber. Un saber popular, eso son también los lugares.
*El fotógrafo Robert Frank (1924 -2019) hizo un viaje por el interior de Estados Unidos durante la posguerra. El resultado fue The Americans, un libro mítico con prólogo de Jack Kerouac.








Hermoso el relato: me hizo volver a Santa Ana y sentir en el oído y en la piel los pájaros cantores de ese paraíso. ¡¡Gracias!!
Sumado a los nidos de les lores, un lugar fantastico!
Bellas reflexiones!