Volver a contar
Antes de publicar El mejor trabajo del mundo me dijeron: "Poné a cuántos países fuiste. Contalos, es importante". Hice caso.
En la contratapa del libro está escrito: fui a más de sesenta países. Ya no recuerdo si eran 61 o 67 o me aburrí de contar. Sé que hice la lista varias veces porque me perdía en la cuenta o aparecía uno más.
–¿Anotaste Bélice?
–Pero estuve de paso, solo lo atravesé en viaje a México.
–Eso cuenta.
Pasó más de una década de esa publicación y cambié. Debe ser por eso de que nunca somos los mismos al entrar y salir del mismo río. Estamos en movimiento, como el agua que corre.
Dejé de contar y empecé a repetir países por trabajo. Me tocó volver a Chile, a México, a España, a Honduras. De tanto en tanto entraba una novedad, como la colección de temporada en una tienda. Entró Polonia y, un año después, Rusia y Mongolia. Pero fueron años de repetir y en las repeticiones encontraba matices, cambios y también lo mismo visto con una mirada distinta.
Cuando visité el atélier de Cézanne en Aix-en-Provence, el guía habló de la fascinación del pintor por el Mont Sainte-Victoire. Lo pintó 86 veces, entre óleos y acuarelas. Con trazos figurativos, impresionistas y cubistas; la geometría que avanza sobre el paisaje orgánico. Lo pintó rodeado del follaje estival y desnudo, en invierno. Con la primera luz de la mañana y con la última de la tarde.
Todo fluye, el instante no se repite. El lugar, sí. La repetición profundiza el conocimiento. Se parece a pulir, a lustrar, a respirar. En la repetición hay estudio y búsqueda. Durante décadas, el Mont Sainte-Victoire, en el valle del río Arc, fue un país al que Cézanne volvía siempre. Su único país. Lo caminó y lo exploró y lo vio desde la ventanilla del tren. Lo pintó con casas y sin casas. Desde su atélier y al borde del camino, y de noche, con un castillo tenebroso que le gustaría a Mariana Enriquez.
Dejé de contar y recordé que de chica, en la clase de geografía, estudiaba con dos tipos de mapas: el político y el físico. Uno mostraba la historia, la cultura, las batallas que trazaron las fronteras. Líneas imaginarias para convivir en armonía. Fronteras ganadas, perdidas, forzadas.
El físico, que pintaba con lápices de colores, verdes –selva, praderas–, marrones–cadenas montañosas–, amarillos –desiertos y mesetas–, azules –ríos y lagos–, mostraba los límites naturales. Hoy me siento cerca de ese mapa. Del relieve y el territorio. De los jardines botánicos de cualquier país, de todos.
Las fronteras políticas se desenfocan al cruzar el paisaje natural. ¿Península Mitre es Argentina o el fin del mundo? Me interesan los proyectos binacionales, como el Parque Patagonia porque dos países se unen con un objetivo: proteger. Parece que la naturaleza le gana a la política y, aunque solo sea una sensación, es agradable.
Dejé de contar en un sentido ganador y volví a contar con otra escala de prioridades. Apareció un mapa nuevo, el de la amistad, que no se vende en la librería. Muchas veces decido un destino por los amigos que tengo en ese lugar. Ante la variable del cariño, tiembla el resto de los mapas.
La etimología dice que contar viene del latín computare, que nació para contar números y con el tiempo evolucionó, también, hacia narrar. Tiene que ver con las cuentas y con los cuentos. Me quedo con la segunda acepción y vuelvo a contar: historias más que países.
*Paul Cézanne (1839-1906) empezó a pintar el Mont Sainte-Victoire en 1870 y no paró hasta que murió. Se considera que sentó las bases de la pintura moderna. Picasso dijo sobre él: “Es el padre de todos nosotros”.









Excelente !! Que mirada tan pero tan original, detallada y puntillosa de nuestras percepciones, q por suerte , van cambiando con el tiempo. Felicitaciones.
Lindo leerte. 🥰